Nadie sabe qué le pasó a Pepe, el de las figuras de barro, tras la Copa América. Apareció por la playa poco antes del temido efecto 2.000 y se le perdió la pista cuando los veleros de nombres impronunciables brincaban las olas de nuestro litoral. No es que los barcos tuvieran nombres raros, que también, simplemente nos sonaba todo a chino. Parece mentira, pero un barrio marinero era completamente ignorante sobre los asuntos de la vela. Orgullosamente, me atrevería a decir.
Pepe desapareció tras ese verano. Comentaba a menudo que no soportaba esa opulencia, el descaro del nuevo rico comiendo delante del pobre. Le fastidiaba la mala educación, la soberbia de cuatro niñatos venidos a más gracias a pelotazos en forma de ladrillo. Miradas altaneras que le hacían más daño que luchar contra el alcohol o la heroína.
Todo esto me lo contaba durante los años que estuvo vendiendo figuritas de barro y haciendo castillos de arena al pie del paseo marítimo. Yo trabajaba de camarero en verano, fines de semana y todos los festivos del calendario, ya fuera para pagarme estudios, vicios o ser un poco independiente. Independencia, eso es lo que más valoraba Pepe de su situación. No rendir cuentas, sin explicaciones, hacer lo que le viniera en gana. Hablando con él, parecía que su vida en la calle era algo elegido y no la consecuencia de una juventud dura dos décadas atrás. "Dormir en Valencia es gloria, peor sería en Teruel", decía sonriendo convencido.
Para Pepe, el verano duraba aproximadamente diez meses, desde Fallas hasta Navidad. No era raro verlo con una simple camiseta varias tallas más grande que la suya o, directamente, sin ella, dejando al desnudo su piel ennegrecida y magra, sin rastro de grasa, como cualquier yonqui veterano. Pero él no. A Pepe se le veía fuerte. Llamaba la atención la anchura de su espalda y unos brazos fuertes, que infundían respeto. Él decía que era el resultado de trabajar la arcilla y levantar castillos de arena, de llevar el peso de toda una vida, la suya, a cuestas. Viendo sus labores artesanales costaba trabajo creerlo.
Sus castillos, o fortalezas, como le gustaba llamarlos, no eran más que moles de arena absurdas, como las que puede hacer cualquier niño en la orilla, con cuatro ventanucos y una mal llamada puerta asimétrica. Se asemejaban más a una casa antigua de pueblo, con las paredes desniveladas de soportar tantas capas de arena y cal. Sus faenas con la arcilla no mejoraban mucho. Eran su especialidad los soles y las lunas, platos llanos y sonrientes de casi medio kilo de peso, endurecidos y secados al sol. Si había suerte y dinero, les daba una capa de barniz para que tuvieran aspecto de haber sido horneados. El resultado era una suerte de máscara carnavalesca atrofiada. No se le podía negar el esfuerzo, con cada figurita tardaba un mínimo de tres días, aunque el final no fuera el esperado. A veces se aventuraba con otros temas: tortugas, dragones y duendes que invariablemente acababan pareciéndose a su perro.
Manolo, su mascota, era un golden retriever de anuncio. Más de medio metro de altura, color dorado y más bueno que el pan. Contrastaba su buen aspecto con el desaliño de su amo: pelo largo por los hombros y barba negra algo distraída. A mí siempre me recordó a Roberto Iniesta, aunque Pepe nunca había oído hablar de él. Su "amigo Manolo", como a Pepe le gustaba referirse a su perro, era el que le daba calor en invierno, pues tampoco se abrigaba mucho más que en los meses de calor. Calor físico y anímico, porque a excepción de los trabajadores de la playa, pocos amigos hacía. Manolo lo acompañaba a todas partes, incluso en algún viaje en autobús urbano, cuando Pepe fingía ser invidente. La picareca española, dicen. Y picaresca era lo que tenía que poner en práctica, pensábamos los que conocíamos a la extraña pareja, para poder alimentarse él y su compañero. En las pocas ocasiones que le veíamos comer, Pepe siempre echaba mano de latas de conservas, fiambre y pan duro conseguido a última hora en algún restaurante. A Manolo nunca le faltó ni el mejor pienso ni los mejores patés, que Pepe guardaba en una mochila que ya era vieja cuando iba al colegio.
Esa época, la del colegio y su mochila parcheada que guardaba desde entonces, fue la que nos contó una mañana lluviosa de septiembre con la playa, lógicamente, ya desierta de veleros y turistas. Llegó a primera hora y quería desayunar. Venía con una sonrisa amplia, luminosa, ya que había cobrado su pensión. La pensión no era otra cosa que la ayuda que le pasaba mensualmente su hermana menor, a escondidas de su padre, pues lo había repudiado desde su etapa de universitario rebelde.
Empezó a untarse la mantequilla y la mermelada en el pan tostado, dejando un cuarto de cada envase sin tocar. Ante nuestra extrañeza, pues sabíamos que a Manolo no le daba comida dulce, nos contó que era costumbre en su casa dejar sobras para el servicio, por si querían comérselo cuando él y su familia salían por la puerta. "Siempre fuimos unos burgueses, eso lo sé ahora, pero para mí era normal. Burgueses, pero en el cole nos llamaban aristócratas". Dueños de un palacete, su familia paterna era propietaria de una empresa metalúrgica venida a menos en un pueblo al norte de Valencia. Tenis, natación y deportes de mar. Educación estricta en colegios de pago. Todo dirigido y planificado para heredar la empresa paterna desde que acabó su feliz infancia. A Pepe le interesaba más el arte y las letras que la economía y las leyes. Comenzó a distanciarse del camino marcado. Conoció las drogas en el peor momento, si es que hubo alguno bueno, en los ochenta, cuando la heroína hacía estragos.
Poco más nos pudo contar antes de desaparecer de la playa a los pocos días. Los borrosos recuerdos le ensombrecían el rostro y le anudaban la garganta. Pero aún le dio tiempo a narrarnos su último secreto, tal vez delirio, para dar consistencia a su relato. Conservaba celosamente la mochila con la comida de su alter ego porque era el cordón que le ataba a los recuerdos de una infancia feliz, casi perdida en su memoria a causa del vino y el caballo. Una infancia donde Pepe se llamaba Manuel.
Dani @El_Taquillero
Actualidad, crítica social, cine, series, música. Cualquier cosa que se nos ocurra.
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viernes, 10 de octubre de 2014
jueves, 28 de agosto de 2014
El caminante
Todos en el barrio conocían a G. Era un tipo que estaba muy jodido. Jodido de la cabeza. Pero no como tú o como yo, con nuestras comeduras de tarro por ésto o por aquello, lo que le puede preocupar al común de los mortales. No. Este del que os hablo estaba chungo. Yo ya lo conocí así, pues me sacaba unos cuantos años. Como a cualquier personaje del que se desconoce buena parte de su pasado, a éste le envolvía un aura de leyenda. Nadie sabía por qué se había quedado así, digamos "loco". Unos decían que por una hostia en moto. Los más jóvenes siempre pensamos que era por los últimos años de la ruta, duros en cuanto a drogas se refiere. Tal vez fuera una combinación de ambos factores. Realmente, ¿a quién le importaba? Era uno más de la pintoresca fauna que poblaba el barrio en el cambio de siglo.
G era el mayor de sus hermanos en una familia muy numerosa. Hijo de unos padres alcohólicos, de los que pagan con su pensión las deudas contraídas el mes anterior en los distintos bares vecinos. Peculiar pareja, de las que se tiraban los trastos a la cabeza, literalmente, que iban encontrando rebuscando en la basura. Los gritos del matrimonio los podías oír a dos calles de distancia, discusiones ininteligibles y probablemente sin fundamento, pero en las que les iba la vida. Lo cómico era la reconciliación, con achuchones y besos apasionados al lado del contenedor. G a veces les acompañaba, o ellos a él, pero G era un alma libre.
Su aspecto, para los que no lo conocían, resultaba cuando menos intimidante. No era grande ni aparentemente fuerte. Cuatro dedos le hacían superar el metro y medio y su peso no alcanzaría la categoría pluma. Era la mirada perdida y estrábica, el pelo ralo y sucio pegado a la frente, la ausencia de caninos e incisivos y el moco perenne colgando del bigote descuidado lo que hacía que apartases la vista. Una mezcla entre miedo y asco. Nada más lejos. G era completamente inofensivo. El objetivo de sus ataques era las calles, aceras, calzadas. Andar. Era lo único que sabía hacer. Andar por el barrio, por el de al lado, por el de más allá. No era raro encontrarlo por el centro de la ciudad, caminando decidido entre los paseantes mirones de escaparates, cruzando las plantas de los grandes almacenes hasta que lo interceptaba cualquier vigilante y lo conducía a la salida. G no se inmutaba. Parecía el típico coche teledirigido que choca contra una pared y cambia automáticamente de sentido. Sonrisa mellada en la boca y ni una mala palabra. Tampoco podía articular muchas, pues el "accidente" le había afectado al habla. Le llegaba a lo justo para pedir dinero, tabaco y echarse unas coplillas, arrancándose por palmas con esas manos que parecían abanicos. El espectáculo no merecía más que cinco duros o un cigarro, pues no duraba más de diez segundos, tras los cuales extendía su mano, más negra y sucia que el túnel de sus dientes.
Tampoco era raro verlo diciendo a todo el que se cruzaba con él que se volvía para su tierra, el sur. Iba convencido de llegar andando, sin agua ni provisiones para el viaje. Dos horas más tarde lo volvíamos a ver, cansado de buscar el camino, preparándose para intentarlo al día siguiente. Esos días en los que nada le salía, cogía un pequeño megáfono y salía a ofrecernos su arte de madrugada, sentado en un banco o en los asientos de la parada de autobús. Si el mundo se ponía en su contra, él aullaba por soleares, hasta que algún vecino lo ahuyentaba a gritos o algo peor.
Un día de verano, camino de la playa, encontramos a G a pleno sol, sentado en el paseo marítimo, abrigado hasta la barbilla peluda con una chaqueta militar con la bandera patria. Lloraba a lágrima viva. "Ha enloquecido definitivamente", pensamos todos. Al contrario. Había tenido un momento de lucidez y le había venido a la memoria recuerdos de quince años atrás. Sostenía entre sus manazas "la blanca", la licenciatura militar, junto con documentación antigua. Pudimos comprobar que sí, había sido un chico "normal". Nada más pudimos saber de G, se levantó y se fue sollozando bajo el sol agosteño, secando sudor y lágrimas con los documentos ajados.
G murió hace unos años. En su enésimo intento de volver a sus raíces, a su tierra prometida, un coche se cruzó en su camino. El golpe fue seco y certero. Tal vez se despistó, tal vez vio a algún fumador generoso, quizá una moneda brillante en el suelo le hizo apartar la mirada de la carretera, no lo sabemos. El terco coche teledirigido se quedó sin pilas.
Dani @El_Taquillero
G era el mayor de sus hermanos en una familia muy numerosa. Hijo de unos padres alcohólicos, de los que pagan con su pensión las deudas contraídas el mes anterior en los distintos bares vecinos. Peculiar pareja, de las que se tiraban los trastos a la cabeza, literalmente, que iban encontrando rebuscando en la basura. Los gritos del matrimonio los podías oír a dos calles de distancia, discusiones ininteligibles y probablemente sin fundamento, pero en las que les iba la vida. Lo cómico era la reconciliación, con achuchones y besos apasionados al lado del contenedor. G a veces les acompañaba, o ellos a él, pero G era un alma libre.
Su aspecto, para los que no lo conocían, resultaba cuando menos intimidante. No era grande ni aparentemente fuerte. Cuatro dedos le hacían superar el metro y medio y su peso no alcanzaría la categoría pluma. Era la mirada perdida y estrábica, el pelo ralo y sucio pegado a la frente, la ausencia de caninos e incisivos y el moco perenne colgando del bigote descuidado lo que hacía que apartases la vista. Una mezcla entre miedo y asco. Nada más lejos. G era completamente inofensivo. El objetivo de sus ataques era las calles, aceras, calzadas. Andar. Era lo único que sabía hacer. Andar por el barrio, por el de al lado, por el de más allá. No era raro encontrarlo por el centro de la ciudad, caminando decidido entre los paseantes mirones de escaparates, cruzando las plantas de los grandes almacenes hasta que lo interceptaba cualquier vigilante y lo conducía a la salida. G no se inmutaba. Parecía el típico coche teledirigido que choca contra una pared y cambia automáticamente de sentido. Sonrisa mellada en la boca y ni una mala palabra. Tampoco podía articular muchas, pues el "accidente" le había afectado al habla. Le llegaba a lo justo para pedir dinero, tabaco y echarse unas coplillas, arrancándose por palmas con esas manos que parecían abanicos. El espectáculo no merecía más que cinco duros o un cigarro, pues no duraba más de diez segundos, tras los cuales extendía su mano, más negra y sucia que el túnel de sus dientes.
Tampoco era raro verlo diciendo a todo el que se cruzaba con él que se volvía para su tierra, el sur. Iba convencido de llegar andando, sin agua ni provisiones para el viaje. Dos horas más tarde lo volvíamos a ver, cansado de buscar el camino, preparándose para intentarlo al día siguiente. Esos días en los que nada le salía, cogía un pequeño megáfono y salía a ofrecernos su arte de madrugada, sentado en un banco o en los asientos de la parada de autobús. Si el mundo se ponía en su contra, él aullaba por soleares, hasta que algún vecino lo ahuyentaba a gritos o algo peor.
Un día de verano, camino de la playa, encontramos a G a pleno sol, sentado en el paseo marítimo, abrigado hasta la barbilla peluda con una chaqueta militar con la bandera patria. Lloraba a lágrima viva. "Ha enloquecido definitivamente", pensamos todos. Al contrario. Había tenido un momento de lucidez y le había venido a la memoria recuerdos de quince años atrás. Sostenía entre sus manazas "la blanca", la licenciatura militar, junto con documentación antigua. Pudimos comprobar que sí, había sido un chico "normal". Nada más pudimos saber de G, se levantó y se fue sollozando bajo el sol agosteño, secando sudor y lágrimas con los documentos ajados.
G murió hace unos años. En su enésimo intento de volver a sus raíces, a su tierra prometida, un coche se cruzó en su camino. El golpe fue seco y certero. Tal vez se despistó, tal vez vio a algún fumador generoso, quizá una moneda brillante en el suelo le hizo apartar la mirada de la carretera, no lo sabemos. El terco coche teledirigido se quedó sin pilas.
Dani @El_Taquillero
miércoles, 30 de julio de 2014
Los suyos
Siempre fue un buen chico, eso decían. Un chico empático. El lugar del otro era, invariablemente, el suyo. Por su genética, por su historia, por su entorno, le costaba no estar al lado del oprimido, del más débil, del que nada tenía que perder pues todo le fue arrebatado. Nunca el dolor ajeno le fue tal. Sufría con las miserias de la gente, sentía el frío del sin techo, la angustia del parado. Las caras de los niños pobres, mocosos y famélicos, le deshacían las entrañas y la imagen de las putas explotadas de la periferia, su barrio y los barrios vecinos, le ahogaban el alma. No encontraba explicación a que el ser humano pudiera ser tan depravado para dejar morir de hambre y frío a sus iguales. "Habrá más gente como yo, estoy seguro", se repetía constantemente desde su insignificancia. Gente que tenga el dolor a flor de piel, que sufra por las desgracias ajenas y no tan ajenas, luchadores, incansables. De los suyos, al fin y al cabo.
No tuvo una infancia cómoda, como cualquiera de su alrededor, pero sí apañada. Ni el plato caliente a la mesa ni el abrigo faltó en invierno. Caprichos, los justos: Coca-Cola sólo los domingos, chándal y vaqueros remendados, cuando no heredados, pero, como digo, las necesidades básicas bien cubiertas. Otra necesidad, o vicio según algunos, era la lectura. Rodeado de libros y tebeos desde bien pequeño por el buen hacer de su familia, autodidacta como tantas otras en la época. En aquellas páginas encontraba el refugio y el calor que su interior a veces necesitaba. Imaginó mundos perfectos, donde el hambre y la miseria eran cosas pretéritas, en los que la risa y la alegría habían llegado para quedarse, para llenar a los suyos.
Este chico crecío y fue un hombre. Leyó, estudió, trabajó y aprendió. Encontró por fin a los suyos, gente preocupada por las mismas cosas que él, dolidos, sufrientes. Halló hombros sobre los que llorar y espaldas fuertes sobre las que compartir mochilas de penas y miserias. No todo eran lamentos, qué duda cabe. Hubo risas, muchas. Y diversión, casi a cada hora. Grupo heterogéneo, pero con objetivos meridianos: apoyarse mutuamente, repartir tristezas y arreglar el mundo, poca cosa. Amistad, o eso creía.
No tuvo una vida cómoda, como dije, y claro, tuvo que trabajar desde bien joven, algo que nunca le importó, pues pensaba que era lo normal entre los chicos de su edad y además ayudaba en la economía familiar al hacer que en su casa tuvieran un problema menos. La vida laboral le dio buenas alegrías, económicas sobre todo, pero también sus mayores dolores de cabeza. Conoció la depravación del ser humano, todos los defectos posibles, encarnados en las figuras de sus superiores. Egoístas, rastreros, ladrones, todo lo que se pudiera decir de ellos se quedaba corto.
Tras casi dos lustros de aguantar un goteo incesante de desprecios y humillaciones, se percató de que el hombre empático, aquél buen chico de años atrás, había desaparecido. El odio lo consumía, lo corroía como al metal más barato se lo come el óxido. También descubrió que los suyos ya no lo eran tanto. Muchos hombros resultaron ser impermeables y otras tantas espaldas bastante más estrechas de lo que pensaba. Las risas tan frescas de antaño se tornaron enlatadas, de comedieta de medio pelo, de cerveza a un euro. Personas que se habían vendido muy bien, pero que a él le tocaba ahora pagar los intereses. La alegría ajena se convertía en dolor propio y lo que antes le hacía daño por cercano, ahora era un acicate para soportar mejor su desgracia. "Que se jodan", pensaba a todas horas. Estaba a punto de convertirse en lo que más había odiado siempre, una persona insensible, egoísta, despreciable.
Pero quien tuvo, retuvo. Decidió dar un golpe en la mesa y transformar todo ese odio en fuerza. "El odio es un buen combustible", se decía machaconamente, a diario. Y tanto que lo era. Quemaba, abrasaba lo que se ponía a su alcance, pero hizo que redoblara su energía, su empuje. Ese fuego hizo también que los que no eran tan suyos se alejaran del todo y se acercaran los irreductibles, los que se cuentan con las dos manos y tal vez un pie, los que sienten el mismo frío y el mismo nudo en el estómago, aquéllos que comprendían cada paso que daba aquél hombre, tal vez equivocado, seguramente en lo cierto.
Por una vez, aunque se adivinara la sombra de la derrota, se sentía ganador, imbatible, pues, en definitiva, los suyos, los de verdad, lo acompañaban.
Dani @El_Taquillero
No tuvo una infancia cómoda, como cualquiera de su alrededor, pero sí apañada. Ni el plato caliente a la mesa ni el abrigo faltó en invierno. Caprichos, los justos: Coca-Cola sólo los domingos, chándal y vaqueros remendados, cuando no heredados, pero, como digo, las necesidades básicas bien cubiertas. Otra necesidad, o vicio según algunos, era la lectura. Rodeado de libros y tebeos desde bien pequeño por el buen hacer de su familia, autodidacta como tantas otras en la época. En aquellas páginas encontraba el refugio y el calor que su interior a veces necesitaba. Imaginó mundos perfectos, donde el hambre y la miseria eran cosas pretéritas, en los que la risa y la alegría habían llegado para quedarse, para llenar a los suyos.
Este chico crecío y fue un hombre. Leyó, estudió, trabajó y aprendió. Encontró por fin a los suyos, gente preocupada por las mismas cosas que él, dolidos, sufrientes. Halló hombros sobre los que llorar y espaldas fuertes sobre las que compartir mochilas de penas y miserias. No todo eran lamentos, qué duda cabe. Hubo risas, muchas. Y diversión, casi a cada hora. Grupo heterogéneo, pero con objetivos meridianos: apoyarse mutuamente, repartir tristezas y arreglar el mundo, poca cosa. Amistad, o eso creía.
No tuvo una vida cómoda, como dije, y claro, tuvo que trabajar desde bien joven, algo que nunca le importó, pues pensaba que era lo normal entre los chicos de su edad y además ayudaba en la economía familiar al hacer que en su casa tuvieran un problema menos. La vida laboral le dio buenas alegrías, económicas sobre todo, pero también sus mayores dolores de cabeza. Conoció la depravación del ser humano, todos los defectos posibles, encarnados en las figuras de sus superiores. Egoístas, rastreros, ladrones, todo lo que se pudiera decir de ellos se quedaba corto.
Tras casi dos lustros de aguantar un goteo incesante de desprecios y humillaciones, se percató de que el hombre empático, aquél buen chico de años atrás, había desaparecido. El odio lo consumía, lo corroía como al metal más barato se lo come el óxido. También descubrió que los suyos ya no lo eran tanto. Muchos hombros resultaron ser impermeables y otras tantas espaldas bastante más estrechas de lo que pensaba. Las risas tan frescas de antaño se tornaron enlatadas, de comedieta de medio pelo, de cerveza a un euro. Personas que se habían vendido muy bien, pero que a él le tocaba ahora pagar los intereses. La alegría ajena se convertía en dolor propio y lo que antes le hacía daño por cercano, ahora era un acicate para soportar mejor su desgracia. "Que se jodan", pensaba a todas horas. Estaba a punto de convertirse en lo que más había odiado siempre, una persona insensible, egoísta, despreciable.
Pero quien tuvo, retuvo. Decidió dar un golpe en la mesa y transformar todo ese odio en fuerza. "El odio es un buen combustible", se decía machaconamente, a diario. Y tanto que lo era. Quemaba, abrasaba lo que se ponía a su alcance, pero hizo que redoblara su energía, su empuje. Ese fuego hizo también que los que no eran tan suyos se alejaran del todo y se acercaran los irreductibles, los que se cuentan con las dos manos y tal vez un pie, los que sienten el mismo frío y el mismo nudo en el estómago, aquéllos que comprendían cada paso que daba aquél hombre, tal vez equivocado, seguramente en lo cierto.
Por una vez, aunque se adivinara la sombra de la derrota, se sentía ganador, imbatible, pues, en definitiva, los suyos, los de verdad, lo acompañaban.
Dani @El_Taquillero
sábado, 26 de julio de 2014
LA DERROTA
Joaquín
Canto
“Hay que doler de la vida hasta
creer
que tiene que llover a cantaros”
P.Guerrero
El rumor de la
calle le hizo despertarse, era evidente que algo estaba pasando, cuando abrió
las ventanas de aquel piso destartalado y viejo, la algarabía de la gente llegó
a sus oídos, aquellas banderas tantas veces escondidas ondeaban por las calles,
aquellos gritos tantas veces callados se escuchaban nítidamente.
Sus ojos
comenzaban a reponerse del impacto del sol y poco a poco dejaban caer algunas
lagrimas, era cierto, aquello que estaba viendo era cierto, cerró la ventana y
mientras se preparaba para bajar a la calle encendió la radio, se hablaba de un
nuevo orden mundial, de un nuevo reparto de riqueza, de educación y sanidad
para todos, de vivienda garantizada, de la tierra para el que la trabaja, se
hablaba de tantas cosas con las que siempre soñó que no podía mantenerse en
pie.
Se sentó sobre
el butacón pasado de moda de su cuarto y se acordó de sus compañeros de lucha,
de las manifestaciones, de las protestas, de todos aquellos que no podrían ver
aquello, pero sobretodo se acordó de su sensación de esos años de activismo,
siempre pensó que se había perdido la guerra, que lo que quedaba era luchar por
una batalla, una batalla que hiciese más digna la vida, siempre tuvo la lucidez
del derrotado, la certeza del vencido.
Cuantas veces
discutió sobre eso, le decían que no se había perdido la guerra, que era al
contrario de cómo él lo veía, que se había perdido una batalla, que era
pesimista, sin darse cuenta el miedo comenzó a apoderarse de su mente, después
de su cuerpo, se sintió pesado, vacio, el miedo le paralizaba, pero ¿miedo a
qué?.
Respiró
profundamente y dejo caer su cuerpo para atrás, dejando caer todo su peso sobre
el viejo butacón, quizás tenían razón sus compañeros y sólo se había perdido
una batalla, pero tuvo una angustiosa certeza, que la batalla que se había
perdido era la suya.
jueves, 19 de junio de 2014
La esperanza de un loco
El carmín se astilla al chocar mis
labios con los tuyos, mientras exhalo un gemido, apagado, ronco,
desde lo más hondo de mi alma, mientras mis manos surcan tu cuerpo
con ansia, con brusquedad pero con miramientos, con vehemencia pero
con delicadeza....mis huellas digitales se desgastan con el roce de
tu piel mientras el sudor de nuestros cuerpos fluye libremente por la
cama acompañado de otros flujos...un espasmo mientras me muerdes el
labio, otro espasmo al fundir mi mano en tu pecho y un último
espasmo al son de nuestras caderas, un aullido y la calma....el
silencio, solo interrumpido por nuestras respiraciones arrítmicas,
asincopadas....y un abrazo en la oscuridad, tenue pero protectora que
se rompe por la llama juguetona de un mechero....una calada profunda
y la brasa de un cigarro.
El humo baila a nuestro alrededor hasta
que rompes el silencio para preguntarme que es lo que busco. Tras una
breve pausa y una calada robada le contesto que sólo busco lo
normal, conocer a alguien y poder desnudarnos juntos, sin máscaras
ni artificios, sin humo y espejos, sin trampa ni cartón...busco
inteligencia e inquietudes, nada de juegos y querer aparentar, busco
que me enseñen día a día y que también aprendan de mi, busco que
mis sueños sean compatibles con su realidad y viceversa, que no nos
ahoguemos en un mar de incertidumbres y problemas sino que me deje
ser el naufrago que se adentra entre los ríos de sus piernas y
encuentra su salvación en su corazón, busco arar con mis manos su
cuerpo, día a día, torpemente al principio para con ello labrar
nuestra felicidad, busco quien me encadene tanto con sus palabras
como con sus silencios, quien con una mirada me diga todo y nada al
mismo tiempo, esa complicidad que se consigue con el tiempo pero que
surge desde el primer minuto, esa compañía que nunca es tediosa ni
asfixiante, esa confianza que uno se tiene que ganar cada día pero
que no genera miedos cuando estás ausente, busco a alguien por quien
valga la pena escribir su nombre en las estrellas y no tener que
arrepentirme nunca de ello, busco una compañera para esta mierda de
vida que nos ha dejado la corrupción y el desempleo, busco un apoyo
en cada una de mis locuras, alguien con quien salir y poder cerrar el
último antro de la ciudad y desayunar antes de volver a casa o
simplemente quedarnos en casa viendo una peli y que las dos opciones
sean igual de atractivas...en definitiva busco lo que todos, lo
normal, lo imposible... lo que no me puede dar.
Así, pues, me marcho, deambulando por
la ciudad en busca de ese ideal, y notando cómo mis pies se hunden
en la brea de una ciudad cada día más marchita, más triste y
solitaria, arrastrando los pies bajo una luna de plástico, con un
corazón oxidado, mierda de perro en la suela y un paquete de ducados
arrugado en el bolsillo, al son del tintineo de las litronas
empujadas por un barrendero hastiado y gris, y aún así me marcho
con una sonrisa idiota, pues lo último que pierden los locos es la
esperanza.
Ed McGuinness
jueves, 5 de junio de 2014
La despedida
Hoy es el día de decirnos adiós, para siempre. Ya no recuerdo el tiempo que hemos estado juntos, mucho tiempo, casi una vida. Te he querido, te he amado, mimado, te he cuidado todo lo que he podido. No creo que puedas tener queja, la verdad. Además, siempre has hecho lo que te ha venido en gana. No te ha faltado tiempo para estar con tus amigas, tan parecidas a ti, soberbias y orgullosas. Siempre ahí, todas juntas, en corro, que ni un alfiler cabía entre vosotras.Yo, contento de verte feliz. Tú, a la tuya siempre. Indiferente, inmóvil, de naturaleza callada, alzando la voz sólo para hacerme daño.
¿No te acuerdas? Hemos pasado por todo tipo de situaciones. Sí, ya sé que antes hubo otra, cosas de la niñez, supongo. Yo ni me acordaba, pero ahí estabas tú para recordármelo. Llegaste para ocupar su vacío, rompiendo lo anterior desgarradora y lentamente. Más madura y experta, dura como una roca. Eras todo fuerza. Yo lo fui asimilando poco a poco, cegado como estaba, sin apenas darme cuenta. Desde entonces, ni un día separados.
Los dolores de cabeza que me has dado no se los deseo ni a mi peor enemigo. Noches en vela, de los nervios; gritos y lágrimas ahogados en fármacos; llantos rabiosos por no saber qué hacer contigo. Me hubiera tirado por la ventana. Muchas, demasiadas discusiones, para qué lo vamos a negar. Y, no te olvides, siempre he sido yo el que ha dado el brazo a torcer. Me rebajaba y lo arreglaba, una y otra vez. Cuando salíamos de casa tras esos enfados todo el mundo decía: "qué bien que os hayáis arreglado", "al fin y al cabo hacéis buen equipo". Yo, cada vez más hundido y cabizbajo y tú ahí, orgullosa, reluciente. Qué cinismo el tuyo.
Mis reproches también esconden buenos recuerdos. Hemos viajado, siempre que la economía lo permitía. ¿El susto que me diste en París? Lo habrás olvidado, seguro. No pasa nada. Me quedo con los veranos de copas de helado, de noches en la playa con cerveza en la nevera. También con las largas tardes de café en invierno, fumando un cigarro tras otro, hablando de cualquier tontería. Si miro atrás veo muy buenos momentos. Comiendo pipas en la orilla de la playa, palomitas y chucherías en la sesión golfa, bocadillos imposibles de madrugada tras una borrachera. Lo pasamos en grande, es cierto.
Pero la historia toca a su fin. Lo he consultado con mucha gente, algunos amigos y familiares, y creo que lo mejor es que lo dejemos. Me cuesta mucho trabajo soportar tus puñaladas. Joder, es que ni un solo día puedo estar sin hacerte caso, te picas constantemente y yo ya no me siento con fuerzas para arreglar lo nuestro.
Te he cuidado lo mejor que he podido. Te pido perdón si no lo hice bien y no estuve a la altura cuando tocaba. Tal vez te dejé de lado en algún momento y por eso reclamabas mi atención a todas horas. ¿Ves? El maldito orgullo que me vuelvo a tragar. Pero se acabó, esta es la última vez, te lo aseguro. Hoy corto con esto de raíz, para siempre...
Riiiiiiing.
-Clínica dental, ¿dígame?
Dani@El_Taquillero
¿No te acuerdas? Hemos pasado por todo tipo de situaciones. Sí, ya sé que antes hubo otra, cosas de la niñez, supongo. Yo ni me acordaba, pero ahí estabas tú para recordármelo. Llegaste para ocupar su vacío, rompiendo lo anterior desgarradora y lentamente. Más madura y experta, dura como una roca. Eras todo fuerza. Yo lo fui asimilando poco a poco, cegado como estaba, sin apenas darme cuenta. Desde entonces, ni un día separados.
Los dolores de cabeza que me has dado no se los deseo ni a mi peor enemigo. Noches en vela, de los nervios; gritos y lágrimas ahogados en fármacos; llantos rabiosos por no saber qué hacer contigo. Me hubiera tirado por la ventana. Muchas, demasiadas discusiones, para qué lo vamos a negar. Y, no te olvides, siempre he sido yo el que ha dado el brazo a torcer. Me rebajaba y lo arreglaba, una y otra vez. Cuando salíamos de casa tras esos enfados todo el mundo decía: "qué bien que os hayáis arreglado", "al fin y al cabo hacéis buen equipo". Yo, cada vez más hundido y cabizbajo y tú ahí, orgullosa, reluciente. Qué cinismo el tuyo.
Mis reproches también esconden buenos recuerdos. Hemos viajado, siempre que la economía lo permitía. ¿El susto que me diste en París? Lo habrás olvidado, seguro. No pasa nada. Me quedo con los veranos de copas de helado, de noches en la playa con cerveza en la nevera. También con las largas tardes de café en invierno, fumando un cigarro tras otro, hablando de cualquier tontería. Si miro atrás veo muy buenos momentos. Comiendo pipas en la orilla de la playa, palomitas y chucherías en la sesión golfa, bocadillos imposibles de madrugada tras una borrachera. Lo pasamos en grande, es cierto.
Pero la historia toca a su fin. Lo he consultado con mucha gente, algunos amigos y familiares, y creo que lo mejor es que lo dejemos. Me cuesta mucho trabajo soportar tus puñaladas. Joder, es que ni un solo día puedo estar sin hacerte caso, te picas constantemente y yo ya no me siento con fuerzas para arreglar lo nuestro.
Te he cuidado lo mejor que he podido. Te pido perdón si no lo hice bien y no estuve a la altura cuando tocaba. Tal vez te dejé de lado en algún momento y por eso reclamabas mi atención a todas horas. ¿Ves? El maldito orgullo que me vuelvo a tragar. Pero se acabó, esta es la última vez, te lo aseguro. Hoy corto con esto de raíz, para siempre...
Riiiiiiing.
-Clínica dental, ¿dígame?
Dani@El_Taquillero
sábado, 31 de mayo de 2014
LA LLUVIA
Joaquín Canto
La lluvia golpeaba fuertemente los cristales cuando decidió encender la televisión, aquellas imágenes golpearon su cara, las máquinas excavadoras levantaban las ruinas de aquella ciudad maltratada por los bombardeos y entre los escombros aparecían los cuerpos de 3 niños, pensó que el mayor de esos tres cuerpos no podía tener más de 16 años.
La lluvia golpeaba fuertemente los cristales cuando decidió encender la televisión, aquellas imágenes golpearon su cara, las máquinas excavadoras levantaban las ruinas de aquella ciudad maltratada por los bombardeos y entre los escombros aparecían los cuerpos de 3 niños, pensó que el mayor de esos tres cuerpos no podía tener más de 16 años.
Junto a los cuerpos de 2 de los niños se veían 2 kalashnikov, el tercer niño sostenía el arma entre sus manos, fuertemente, como el balón que tantas veces había visto sujetado por otros niños más afortunados.
Estuvo durante 3 horas viendo aquel programa, por el pasaron tertulianos hablando de intereses económicos, intereses políticos, intereses geográficos, hablaron de radicalidad, de falta de cultura…pero en esas tres horas no hubo ni un comentario sobre los niños, sobre sus familias, sobre lo que estarían pasando sus madres.
Se levantó del sofá en el que se había dejado caer y se asomó al amplio ventanal, desde ahí veía la amplia plaza vacía, prácticamente inundada, la lluvia cada vez era más intensa, el cielo parecía estar a punto de romperse. Se quedo ensimismado, con los ojos puestos en el centro de aquella enorme plaza, se imaginó a esos niños corriendo por ella, riendo, jugando.
El teléfono le hizo volver a la realidad, desde el otro lado de la línea uno de sus principales colaboradores le decía que tenían que reunirse de urgencia.
Al cabo de 2 horas estaban reunidos en aquella sala, su cara ya estaba desencajada y preguntó directamente -¿lo habéis visto?.
Claro que lo habían visto, por eso la reunión le dijeron, había que hacer un comunicado, posicionarse, los golpistas estaban a punto de tomar el poder, hablaron de intereses económicos, políticos, geográficos…y ni un comentario sobre los tres niños, -¿pero no habéis visto a esos niños? Por supuesto, le dijeron, pero eso ahora no era lo importante.
No era lo importante, no era lo importante, esas palabras se instalaron en su cabeza, no podía dejar de oírlas, sus colaboradores seguían hablando, cuando rompió su silencio, -Lo siento, no puedo, es superior a mí.
Aquellos hombres no lo entendían, habían visto imágenes más duras, más crueles, estaban ya acostumbrados, incluso él había estado en ciudades más masacradas, -¿Qué pasa?
-Dimito, lo dejo, no es posible que lo haya permitido.
El silencio se adueñó de aquella habitación, los truenos cada vez eran más fuertes y la lluvia golpeaba intensamente el cristal, -¿y qué vamos a decir?
-La verdad, dijo, y mientras se quitaba la sotana blanca, añadió, -Qué he perdido la fe.
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