lunes, 15 de septiembre de 2014

MATIAS


Joaquín Canto


                                                                            “un escombro tenaz,
                                                                             que se resiste a su ruina
                                                                            que lucha contra el viento,
                                                                             que avanza por caminos que no llevan
                                                                             a ningún sitio”

                                                                                          Ángel González


Aquella mañana el viejo Matías se levantó mucho más nervioso que de costumbre, aquella sensación no era debida a la certeza de la inmediatez de su muerte, ni siquiera tenía que ver con el miedo que esa certeza podía provocar en él, era algo distinto, mucho más profundo.

Cuando termino de tomar el café de todas las mañanas, se dispuso a fregar aquella taza ya vieja, acción ante la cual no pudo evitar dibujar una pequeña sonrisa, tras dudar unos instantes fregó la taza y pensó que no era adecuado romper con una rutina de tantos años sólo porque la muerte le esperaba aquel día.

Después de una ducha, más que reconfortante, se vistió despacio, dejando que la ropa se acoplará a su cuerpo, que formase parte de él, cuando se peinó mirándose en el espejo no pudo evitar sentir un pinchazo al notar los estragos de la edad en su cara.

Era un día soleado de Marzo, de esos que tanto le gustaban a María, estuvo paseando por la ciudad cerca de dos horas, era extraño, llevaba viviendo en aquella ciudad 40 años y nunca había podido sentirse como en casa, echaba en falta los olores, y aunque en todos esos años había dejado de recordarlos, los nuevos no eran como él pensaba que debían ser, nunca supo explicarse esa sensación, pero nunca es fácil explicar un sentimiento.

Decidió acercarse a la estación de tren, siempre le relajaba ver salir los trenes, pero sobre todo verlos llegar, se sentó y pronto sus ojos se llenaron de lágrimas. Sus ojos miraban a la gente subir y bajar de los trenes, pero su mente no estaba allí, recordaba a aquel joven de pueblo, con 20 años recién cumplidos llegar a la ciudad y recorrer aquella estación con la sensación de que la vida tenía sentido.

Recordó la primera vez que vio a María, sus primeros besos, el trabajo en la fábrica, las manifestaciones pidiendo unas condiciones de trabajo más dignas, las noches con los compañeros, la paciencia de María siempre presente, haciéndole más fuerte, más seguro.
Pero aquellos recuerdos dieron paso a otros más duros, la represión tras las huelgas, los reajustes de plantilla, la reducción salarial, la pérdida de compañeros y como golpe final, María, aquella maldita enfermedad, que le consumió lentamente.

Después de aquello se había ido haciendo cada vez más huraño, más oscuro, pasaba los días en el bar y dejó de frecuentar a los compañeros que le quedaban. Poco a poco aceptó la soledad como su única compañía. Se levantó y se sintió seguro, había llegado el momento, volvió a su casa con el paso lento, tranquilo, cuando pasó por la esquina de la cafetería donde tantas mañanas desayunó con María, no pudo evitar pasar su mano por la pared, intentando atrapar el pasado, o quién sabe si el presente.

Ya en la casa, sacó la vieja pistola, que había conseguido semanas atrás, no sin cierta dificultad, cerró los ojos, respiró profundamente y se preparó para el final.
Las luces del alba despertaron al viejo Matías borracho sobre el viejo sillón, le fallaron las fuerzas, María nunca se lo hubiese perdonado.


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